Consejos para conseguir una sana distancia virtual

Otra vez me pegó el insomnio, ese viejo amigo con el que he convivido desde hace tiempo. Sin embargo, ahora estando en casa debido al COVID-19, se trata de un nuevo tipo de desvelo; uno que sabe que cuando amanezca no podré ir al gimnasio, no podré salir a la oficina… Al despertar reviso mi celular, tengo varias notificaciones: mensajes de mi aplicación de hábitos, notificaciones de los tuits de López-Gatell, correos del trabajo y ofertas de tiendas en línea.

Entre estas notificaciones hay algunas de amigues y de mi familia que me escribieron por WhatsApp antes de que estuviera despierto. Antes de la cuarentena, me cuestionaba recurrentemente sobre el contacto virtual en estos tiempos. Recuerdo que, hace algunos años en Francia establecieron por Ley que los trabajadores no estaban obligados a contestar correos electrónicos laborales en fin de semana, a veces me pregunto si es sano tener encendidas la última hora de conexión y las palomitas azules del WhatsApp (las cuales indican si alguien ya leyó tus mensajes).

No creo que pueda ser un hábito sano que la primera cosa que hacemos al despertar, sea ver nuestro teléfono. Pasamos horas frente a nuestras pantallas, más tiempo del que nunca hubiéramos pensado en los 90, cuando estábamos peguades a ICQ o al Messenger, esperando a que la otra persona detrás del monitor contestara. Después de revisar mis mensajes de WhatsApp y mis correos, veo todo lo que están haciendo les influencers en Instagram y reviso un poco de las noticias en Twitter: ¿Cuántes contagiades más hay hoy en México? Ya pasaron más de treinta minutos en solo estas actividades.

Comienzo a pensar en lo que significaría una Sana Distancia en redes sociales y plataformas de mensajería, en cómo ha sido casi imposible regular nuestra interacción en medios digitales. Para los millenials, es impensable vivir en un mundo en el que no se tiene Internet 24/7, más en los sectores privilegiados que contamos con internet a cualquier hora del día, todos los días.

Cuando estaba en la universidad, recuerdo haber ido a protestas y experimentar por primera vez la emoción de tuitear en vivo cada pensamiento que me cruzaba la cabeza. La sensación de estar conectado todo el tiempo me hacía sentir cerca de las personas. Esperaba ese influjo de dopamina que me hacía revisar mi teléfono cada 5 segundos para ver si había llegado algún mensaje o una nueva notificación.

Después de algunos años de utilizar las redes de manera cotidiana, comencé a sentir que las notificaciones empezaban a molestarme. Recibir una nueva cada que: alguien publica, alguien te escribe o te llega un correo del trabajo. Me hacían sentir ansioso, al punto de no querer escuchar más el ping del teléfono... Sabiendo que, del otro lado de la línea, las personas esperan una respuesta, con el conocimiento de que les has leído.

Las telecomunicaciones han formado un segundo espacio público virtual, uno en el que todos estamos en contacto todo el tiempo, en el que podemos discutir, hablar, compartir de manera cotidiana. Una extensión de la interacción cara a cara, alargamos el espacio al interactuar con alguien en tiempo real. Sin embargo, al ser tan reciente, no cuenta con reglas de interacción a diferencia del espacio público presencial, las cuales formamos y aprendimos durante un periodo muy extendido de tiempo.

En la interacción cara a cara, sabemos cuándo callar, cuándo bromear, cuándo ser sarcásticos, cuándo abrazar o marcharnos de una conversación. En las formas de comunicación digital no podemos ver estas señales, debemos de confiar en emojis y el lenguaje escrito para conocer la intencionalidad de la otra persona, por lo que se vuelve sumamente complejo. Nos enfrentamos a una nueva etiqueta social, imprecisa e indeterminada: ¿Debo de contestar de inmediato a mensajes? ¿El otre se molestará si no lo hago? ¿Cómo puedo generar una mayor tranquilidad frente a la marea de notificaciones que me llegan minuto a minuto?

Es como si perdiéramos la privacidad no sólo frente a las grandes empresas, sino también frente a nuestros conocidos. Que si publiqué, que estoy comiendo cuando debería de estar trabajando, que si publiqué que estoy en otro estado del país y le dije a mi familia que estaba en la ciudad, que si subí una historia yendo al supermercado cuando debería estar en casa (quédense en casa, por favor).

Si ya de por sí es difícil aprender estas nuevas normas de etiqueta digital en la vida cotidiana, en estos días de cuarentena, la ansiedad por no responder o ser respondido crecen aún más. Por eso, creo que podemos tomar esta etapa para aprender mucho mejor cómo tener una sana distancia digital con los otres. Durante estos días hemos aprendido a hablar mucho más con nuestros amigues y familia, a tener reuniones de trabajo en línea y todo lo que ello implica: peinarte, intentar no mirar a tu imagen todo el tiempo, poner la computadora en un lugar decente para que no se vea la ropa sucia que dejé en la cama.

Podemos aprender a respetar nuestros horarios de trabajo para mantener una salud mental estable mientras dure la cuarentena. Dejar de contestar mensajes y correos de trabajo a cierta hora del día, hacer que la tarde y la noche sean nuestros espacios personales. Pero estas lecciones también se deben de extender a la vida personal, no pasa nada si nos tardamos en contestar a nuestra pareja o a nuestra madre preocupada de si hemos comido bien el día de hoy. Tenemos que asumir que esa otra persona, del otro lado del internet, está bien, y que se comunicará con nosotros si tiene algún problema relacionado con la pandemia.

Además de darnos horarios para contestar mensajes o correos laborales, podemos ponernos horarios para hacer llamadas o concentrarnos en enviar mensajes personales, en tener una conversación más o menos continua, y que, como si estuviéramos en un café, la persona con la que estamos mensajeando tenga el cien por ciento de nuestra atención.

Hay algunos trucos en los celulares de hoy en día que nos permiten tener una relación más sana con el teléfono, de los cuales sólo nombraré algunos que me han ayudado personalmente:

  1. La mayoría de los celulares tienen una función de “no molestar”, en algunos de ellos podemos programarla para que no nos lleguen notificaciones durante nuestras horas de sueño.
  2. También podemos prender esta función cuando queremos concentrarnos en otras tareas durante la cuarentena: limpiar, descansar, leer, hacer ejercicio.
  3. Creo que es bastante sano que intentemos mantener nuestra privacidad frente a todes: esto implica apagar los señalamientos de nuestra última hora de conexión y las notificaciones de que otres han leído nuestros mensajes, no tienen porqué saber a qué hora estamos conectades.
  4. Algunos celulares tienen la función de ver cuánto tiempo hemos pasado en el celular, en qué aplicaciones y cuánto tiempo en cada una de ellas, incluso hasta podemos poner límites para el tiempo que pasemos en whatsapp, Facebook o viendo videos en Youtube.
  5. Silenciar notificaciones no esenciales: debido a que podemos establecer un horario para checar nuestros correos, podemos apagar sus notificaciones y entrar a revisarlo una vez o dos al día, si algo es urgente, llamarán.
  6. Tal vez el consejo más importante: la implementación de horarios. Un rango del día, tal vez de 9 de la mañana a las 5 de la tarde, para revisar y contestar correos electrónicos del trabajo. Otra hora del día, de las 5 de la tarde a las 8 de la noche, en la que estaré disponible para contestar mensajes, llamadas o videollamadas personales.

Todo el tiempo restante es para nosotros, ya que en estos días de cuarentena debemos de invertir todo ese tiempo en tareas de autocuidado.



David Palma
@maesepalma



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